LA COMPLEJIDAD DE LA SENCILLEZ

10 marzo, 2017 Arquitectura

En el primer folleto que lanzó Apple aparecía la siguiente frase:

“La sencillez es la máxima sofisticación”

Esta sentencia fue publicada en 1977, y marcó la linea estratégica y de negocio que siguió Apple en las decadas posteriores, con el rotundo éxito final por todos conocido. Steve Jobs concentró los esfuerzos en simplificar conceptos centrándose en su esencia y eliminando los componentes innecesarios, lo cual puede realmente aplicarse a cualquier diseño de producto, incluidos los campos de la arquitectura y la construcción.

La visión de Jobs sobre este paradigma no es algo nuevo. A lo largo de la historia se ha intentado siempre buscar la pureza del concepto, y sofisticar los procesos hasta hacerlos lo más sencillos posibles. El sobrecogimiento que produce en el ser humano un elemento llevado a su máxima simplificación, detrás de la cual se percibe una extrema complejidad, siempre será mayor que la complejidad compuesta de artificio, de suma incontable de elementos que lo que consiguen es adornar y distorsionar la percepción real del elemento, en vez de potenciar su concepto básico.

Apple aplicó estos principios a la estrategia empresarial y al diseño de productos informáticos, y su éxito ha sido tomado como referencia desde hace décadas por multitud de empresas de diversos sectores. Sin embargo, en la historia de la arquitectura encontramos la misma disyuntiva entre complejidad y simplicidad.

A principios del siglo XX, el Movimiento Moderno rompió con la arquitectura anterior, creando un nuevo lenguaje arquitectónico, explorando la pureza de los conceptos y los nuevos materiales tales como el hormigón armado, el acero laminado y el vidrio plano en grandes dimensiones.

Podemos utilizar como referencia una de sus obras cumbre, el Pabellón de Barcelona de Mies Van Der Rohe, obra donde se plasman con particular rotundidad y libertad las ideas del entonces naciente Movimiento Moderno, y considerado por muchos como una de las cuatro piezas canónicas del movimiento. La simplificación de conceptos constructivos, así como la ausencia de artificio y la pureza de líneas, añadido a una perfecta ejecución, convierten al pabellón en una obra de arte en sí misma. No necesita añadidos ni complicaciones para poder llegar al visitante y provocar en él la sensación de que está contemplando algo complejo, dentro de su aparente sencillez.

“Lo simple puede ser más complicado que lo complejo. Tienes que trabajar duro en tu pensamiento para hacerlo más sencillo. Pero al final merece la pena, porque una vez que lo consigues, puedes mover montañas” Steve Jobs.

Este fue el gran logro del Movimiento Moderno. Trabajar duro en la modificación de pensamiento y de los conceptos arquitectónicos y constructivos, además de crear una atención extrema al detalle y a la correcta ejecución constructiva, lo que marcó toda la arquitectura del siglo XX, y que aún sigue influyendo en la del XXI.

Volviendo la mirada a una época más cercana, podemos encontrar otro adalid de la sencillez y la sofisticación. Tomemos igualmente de este arquitecto una de sus obras más representativas y de mayor sencillez: el Museo de Bregenz, de Peter Zumthor.

Aparentemente nos encontramos con un edificio sencillo, pero que esconde una complejidad sorprendente y, por encima de todo, una sofisticación constructiva llevada a su máximo exponente. Conseguir un edificio y unos espacios de tal belleza y que sobrecogen a cualquier visitante, con un número de elementos tan limitado, constituye un verdadero logro de la exploración de la mínima expresión.

“Si eres un carpintero que hace cómodas preciosas, no vas a usar una pieza de contrachapado para la parte trasera, aunque esté de cara al muro y nadie lo vaya a ver nunca. Tú sabrás que está allí, por lo que utilizarás un trozo de madera bonito para la parte de atrás. Para que duermas bien por las noches, la estética, la calidad, tiene que estar por todas partes”. Steve Jobs.

La atención al detalle, la estética, la calidad, la correcta ejecución, son los elementos que componen esta percepción inconsciente de algo realmente valioso. Podemos encontrarlo tanto en los productos de Apple como en las obras de Mies o Zumthor. Conseguir una mínima expresión y conseguir construirlo de una manera perfecta, siempre será preferible a intentar conseguir una extrema complejidad que después no vayamos a saber resolver. La impresión que nos producen otros edificios proviene de una sensación apabullante de acumulación de elementos y formas complejas, artificio arquitectónico, el cual, analizándolo, nos lleva a comprobar que muchas de sus partes no funcionan, funcionan mal, o son innecesarias.

La sencillez siempre será más compleja que la propia complejidad, puesto que la consecución de un sistema que funcione, en el que cada elemento tenga y cumpla su función, siempre será más complicado de conseguir que añadiendo elementos de manera indefinida hasta la consecución del objetivo. Depurar conceptos y procesos nos lleva a conseguir mejores productos, más comprensibles, y de mayor utilidad.

Y es que en definitiva, aunque sea de manera inconsciente, todos acabamos percibiendo siempre esa misma sensación ante algo que ha sido trabajado con meticulosidad, que ha sido llevado a su mínima expresión, que ha sido perfectamente fabricado: la complejidad de la sencillez.

 

 

ARGM